La demonización de Cela
José María Ridao (Madrid, 1961) ha publicado un ensayo titulado El pasajero de Montauban (Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2003), en el que hace un recorrido literario por los viajes de ilustres hombres de nuestras letras: desde Unamuno hasta el último premio Nóbel. El séptimo capítulo lo dedica en exclusiva a Camilo José Cela. La diatriba de Ridao se centra en tres aspectos: 1º) La desnaturalización de La alcarria a través de una prosa arcaica y recargada; 2º) El desprecio humillante del viajero hacia las gentes a las que describe, sobre todo los más humildes, con lo que deforma la miseria y la ruina que soportaron los alcarreños de entonces; y 3º) La supuesta soberbia del viajero, o sea, el propio Cela, auténtico protagonista del libro.
La prosa de Cela, lejos de merecer elogios por su léxico poderoso, merece para Ridao los calificativos de zumbona y vejatoria. Éste censura la indeferencia del viajero ante la miseria y la podredumbre del escenario en el que desenvuelve su acción. La Alcarria de 1946 que se adivina tras la descripción de comilonas y escenas procaces tan del agrado del autor, hambrienta y castigada por enfermedades de atroces secuelas, no despierta en Camilo José Cela una sola reflexión, ni apenas alguna muestra de velada piedad. Con una frialdad y un desdén inconmovibles, el escritor cruza los campos y aldeas de la Alcarria como si en lugar de contemplar una realidad estremecedora asistiese a una intrascendente velada teatral.
Desprecio de La Alcarria
La crítica al creador del famoso Viaje va más allá de su personalidad literaria. Se obtiene la paradójica impresión de que lo único real es el apetito del viajero, y una vez saciado, su somnolencia o, incluso, su mirada lasciva bajo los efluvios del vino. Dice Ridao que el Nóbel confundía la realidad con su propia historia, y que lo importante no es lo que veía, sino lo que quería ver para explicar. Compara la plaza de Budia con la de un pueblo moro, en virtud de la fachada enjalbegada del ayuntamiento y de la galería con unos arcos graciosos en la parte superior. Parece que los testimonios de los más de cincuenta personajes arquetípicos del libro no pertenecieran a la realidad, o que estuviesen torpemente manipulados por la pluma celiana. ¿No es acaso Julio Vacas sobre quien Ridao recrimina a Cela que le atribuya una risita de conejo- una representación sublime de los campesinos de aquella época? Lo tiene escrito Paco G. Marquina y lleva razón. Dice Ridao que el Nóbel confundía la realidad con su propia historia, y que lo importante no es lo que veía, sino lo que quería ver para explicar. Compara la plaza de Budia con la de un pueblo moro, en virtud de la fachada enjalbegada del ayuntamiento y de la galería con unos arcos graciosos en la parte superior.
Soberbia irrepetible
José María Ridao contrapone la exquisitez del viajero a la hora de retratar parajes de encanto y edificios históricos, con el desprecio brutal cuando describe a los alcarreños. Un paralítico en el que repara, raquítico y gesticulante, además de epiléptico y quizá medio chiflado, mira hacia la plaza de Pareja. La mirada que arrojó Cela escribe Ridao- sobre estas aldeas y sus gentes estaba cargada de una soberbia irrepetible. En realidad, el castizo campanilleo de su prosa se abatió sobre la Alcarria como podía haberlo hecho sobre cualquier otro escenario, y es probable que en él también hubiera colocado a los mismos tontos felices papando las mismas moscas, al mismo pastor gozando de la misma cabra, al mismo niño defecando en el mismo tejado o trazando idéntica parábola de orina desde un balcón que sería el mismo balcón. El viejo al que trata de ver tiene, por su parte, voz de gato o de mujer y es pequeño y encorvado y parece judío (p. 104). En este sentido, las mujeres ocupan el centro de la diana de la prosa de Cela. De las golfitas de cabaret con las que se topa en Cibeles al emprender viaje, compara la mala fama de los burros de Hita, coceros y testarudos, con las mujeres de Fraguas.
Los comentarios abruptos de Cela son una constante en su obra. Quizá es su forma de encariñarse con una tierra y unas gentes. Sin embargo, contrasta su locuacidad con la remedada educación que muestra al dirigirse a los números de la Guardia Civil en Pareja o en el trato con don Mónico, el alcalde de Pastrana, que tiene un sentido práctico de la hospitalidad y de la autoridad. La maestra de Casasana, en la misma línea, es una chica joven y mona, con cierto aire de ciudad, que lleva los labios pintados y viste un traje de cretona muy bonito.
Caricatura mísera
La Alcarria de hoy, según considera el autor de El pasajero de Montauban, poco tiene que ver con la denigrante corte de los milagros que Cela pintó en su relato (p. 107). La cercanía a Madrid, la mejora de las comunicaciones y el auge del turismo son los tres pilares de esta transformación. Ridao recorre los embalses de Sacedón, el castillo de Cifuentes, la bonanza de Trillo con su central nuclear y su leprológico, las Tetas de Viana, la quietud extrema de los prados y el recuerdo indeleble de que el autor hubiese dado cuenta de cinco huevos fritos con su correspondiente acompañamiento de chorizo antes de retirarse a reposar.
Ridao considera que La Alcarria y los alcarreños no merecieron nunca una caricatura de su miseria tan grosera y despiadada como la que contiene el Viaje de Cela. Los autores del realismo social, según el estudioso, creyeron ver en esta obra de Cela un modelo que seguir. Viaje a la Alcarria -apostilla- intenta ocultar bajo una pirotecnia de frases hechas, modismos regionales o términos escatológicos empleados con desparpajo campechano y populachero su absoluta vaciedad, cuando no una aquiescencia vergonzante con la injusticia y la miseria.
Escritores viajeros
El pasajero de Montauban es un ensayo sobre los viajes de grandes escritores que deciden indagar en la intrahistoria española a través de su geografía. Ridao recorre los pasos de Miguel de Unamuno, Antonio Machado, Ramón Gómez de la Serna, Gregorio Marañón, Ramón J. Sender, Gerald Brenan, Camilo José Cela y Juan Goytisolo, entre otros muchos. El título del volumen rinde tributo a los años de exilio que tuvo que soportar Manuel Azaña tras la debacle de la guerra civil y el final de la 2ª República. El primer capítulo del libro lo dedica el autor a explicar las razones del viajero. Se trata de una breve reseña de los escritores que han viajado y cuya literatura queda cuajada de tales andanzas. Desde el Poema de Gilgamesh hasta los escritores de la generación del 98, a los que el autor vuelve a contraponer con el propósito celiano en su Viaje a la Alcarria. De aquellos cronistas del Desastre que buscaban una función realista de sus viajes (andar, ver y escribir para denunciar) y equivocados en creer que, gracias al propósito de rasgar el velo oficial en el que se encontraban envueltas las realidades más amargas, continuaban la tradición del regeneracionismo.
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