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La estatua de Romanones en Guadalajara

romanones La estatua de Romanones en GuadalajaraEl paseante de Guadalajara se encuentra a menudo con estatuas de personajes antiguos, remotos, cuya severidad le sorprende e intriga. Esta estatua, en el corazón de la ciudad, tiene más significado del que parece.

Continuando nuestro particular paseo por Guadalajara, aludiendo a las estatuas que en ella se encuentran y una vez concluidas las del Paseo del Dr. Fernández Iparraguirre (Las Cruces), comenzamos esta segunda parte con la que se encuentra en la plaza de Santo Domingo, en la parte de la misma conocida en épocas pasadas como La Mariblanca (por encontrarse en ella originariamente la que en la actualidad se ubica en el Parque de la Concordia, y de la que hablaremos en otra ocasión), se dedicó a la figura más señera de la Historia de Guadalajara contemporánea: Álvaro de Figueroa y Torres, Conde de Romanones, Trazar una mínima biografía de este personaje, que lo fue prácticamente todo en la política, amén de protagonista de primera fila de la vida pública española en la primera mitad del siglo XX, en el corto espacio de estas líneas es prácticamente imposible. Además existen suficientes libros y artículos dedicados al mismo. Pero, de todas formas, cabe resaltar su gran vinculación a la provincia, de donde era originaria su familia materna y donde creó una gran trama caciquil al servicio de su política hasta el punto de ser considerado en la Historia como el gran cacique de Guadalajara.

Romanones realizó toda su carrera política en Madrid pero en todas las legislaturas en las que participó obtuvo el acta de diputado o senador por cualquiera de los distritos electorales de Guadalajara: Guadalajara capital, Sigüenza (otro de los lugares que más controlaba) o Molina (distrito que le era algo más adverso). Nunca perdió una sola elección. Muchas de ellas las ganó por medio del famoso artículo 29: la Constitución de la época disponía que, si en un distrito electoral sólo se presentaba un candidato, no se celebraba elección, sino que éste quedaba automáticamente elegido; tal era el miedo que sus adversarios le tenían que no se atrevían a competir con él, situación que perdura hasta la época de la República. Todo ello evidenciaba la existencia de una importante trama caciquil, dirigida por su famoso secretario, Brocas, y formada por amigos políticos del Conde, que ocupaban cargos políticos de alcaldes de pueblos, concejales, gobernadores civiles de la provincia, etc. y que le eran absolutamente fieles. Muchas investigaciones históricas están pendientes de realizarse para desentrañar y conocer más puntualmente los detalles y los personajes políticos que participan en dicha trama.

Su llegada a la política por Guadalajara tiene una justificación clara que él mismo relata en su obra autobiográfica: afirma el distrito me venía como anillo al dedo, pues lo habían representado mi padre y mi hermano. De Guadalajara era natural mi madre donde conserva sus bienes y familia... Tanto fue así que su primera elección la ganó de una forma fraudulenta: no había cumplido aún los 25 años, edad que la ley disponía mínima para ser elegido y soslayó el tema enviando con retraso su partida de bautismo. Y también será muestra de su vinculación con la provincia el hecho de que Alfonso XIII le conceda, en 1893, el título nobiliario que siempre le caracterizó: Conde de Romanones, pueblo de la alcarria donde su familia materna tenía extensas propiedades. Tras cursar la carrera de Derecho y finalizarla en Bolonia, decide dedicarse a la política comenzando por el Ayuntamiento de Madrid, del que fue concejal primero y alcalde más tarde. Al mismo tiempo, y formando parte del Partido Liberal, liderado por Sagasta, es, desde 1887 diputado y senador por Guadalajara de forma continuada hasta que Primo de Rivera disuelva las Cortes en su golpe de estado de 1923. Posteriormente también sería diputado en todas las legislaturas de la IIª República, y también procurador en las Cortes franquistas: debía considerar al edificio de las Cortes como casi su casa principal. Comenzó siendo ministro en 1901, de Instrucción Pública y Bellas Artes, en uno de los gobiernos de Sagasta tras la Crisis de 1898. Durante su breve mandato se dedica a reformar, en parte, el entonces vigente Plan de Estudios de Enseñanzas Medias, y también tomará la medida que daría lugar a la estatua que comentamos: reordenará el cuerpo de Maestros de Primera Enseñanza, nombrándoles funcionarios del estado y no de los municipios como hasta entonces.

Abandonará el ministerio tras la caída de Sagasta y tras su muerte, participando en las luchas políticas por su sucesión y -posteriormente- encabezando el romanonismo, su propia clientela política que constituye una de las variantes de lo que hemos denominado fulanismo. No hemos de extendernos aquí en una larga enumeración de cargos que llega a ostentar: ministro en varias ocasiones de Instrucción Pública de nuevo, de Gobernación, de Fomento... Igualmente Presidente del Consejo de Ministros y Presidente, tanto del Congreso de los Diputados como del Senado. Quizás el trago más amargo de su vida lo supuso el tener que pactar con Niceto Alcalá-Zamora la salida del rey en la proclamación de la IIª República, siendo acusado injustamente de traidor por los monárquicos. Lealísimo al rey, que le había colmado a él y a su familia de honores y títulos nobiliarios, defendió con ardor su figura en el juicio político a que las Cortes republicanas le sometieron. Aparte de esta vida política, ocupa también los cargos de director de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, presidente de Ateneo de Madrid y otros más. Es autor de importantes obras históricas, básicas para estudiar los sucesos del momento: Biología de los partidos políticos, Las últimas horas de la monarquía y, sobre todo, Notas de una vida, su autobiografía. Pero, ciñéndonos ya al motivo de la estatua, indiquemos que esta fue ubicada, originariamente, en la Plaza que, entonces, llevaba su nombre, en la parte superior de la actual Plaza de los Caídos.

Obra del escultor Blay, se le erigió en 1911 por suscripción nacional entre los maestros de toda España. Y es porque corresponde al hecho apuntado más arriba: una de sus medidas políticas fue disponer por ley que los maestros, entonces contratados por los municipios y sujetos, por tanto, a sueldos muy reducidos (origen de la malvada expresión de la época pasas más hambre que un maestro de escuela), así como a los caprichos y arbitrariedades de los alcaldes de los pueblos, fueran considerados funcionarios estatales y, por tanto, percibiesen sus salarios directamente del presupuesto estatal. Tal medida, una antigua aspiración de estos docentes, le granjeó una gran popularidad entre ellos, amén de importantes réditos políticos. Él mismo lo reconoce en sus Memorias: En cualquiera de los pueblos donde yo llegaba, tenía por lo menos un amigo: el maestro, que siempre acudía solícito a saludarme. Nuevamente sería Ministro de Instrucción Pública en 1910, con nuevas medidas de modernización de la Enseñanza en este sentido. Con la proclamación de la República, el nuevo Ayuntamiento de Guadalajara toma la decisión de cambiar el nombre a la Plaza y retirar la estatua, que es guardada en un almacén municipal: el Conde no podría dejar de constatar, con amargura, la ingratitud de los nuevos gobernantes y su pérdida de poder en la política provincial y local.

Una cierta satisfacción sería para él la erección, en 1935 en la Plaza de los Caídos actual, de un monumento a los militares del Cuerpo de Ingenieros (cuya Academia estuvo largo tiempo en nuestra ciudad) que murieron en la Guerra de África, monumento hoy desaparecido, en el que figuraba el busto de un militar de esa arma: la ironía popular se cebó en el hecho de que este busto guardaba un tremendo parecido con el teniente José de Figueroa, hijo del Conde, y -efectivamente- uno de los que cayeron en la contienda. Al llegar el Franquismo, en 1949, en momentos próximos a su muerte, el Ayuntamiento de Guadalajara decide reponer la estatua. Lo hará en un nuevo emplazamiento, en el actual, trasladando la ya citada estatua de La Mariblanca al Parque de la Concordia. Desagravio éste que sería póstumo: Romanones moriría el 11 de septiembre de 1950, siendo enterrado en el Panteón de su familia en el cementerio de Guadalajara.

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