El Mus
Cuando entro en la taberna y veo a los muslaris en sus mesas, a los parroquianos en sus lugares habituales, al comienzo de la barra, entre otros Eusebio y Cristino, por medio andan los Tejeros, Pepe el pastor y Antonio, Anselmo, Jaro y su hermano Tamarín (se parece a Tamames), Candi, El Semillas, que ha entrado dando voces, Chuchi o Nino en la mesa, pienso que el mundo está en orden.
Ya lo escribió Unamuno, el del sentimiento trágico de la vida, que tuvo tiempo para ocuparse en su libro De mi País de un juego tan humilde como el mus: "Qué quiere usted! Yo veo poesía en los aldeanos que meriendan y juegan al mus". Es un juego de emvite y baraja española de cuarenta cartas, que ha pasado en poco tiempo de las tabernas, en las que nació, a los clubes exclusivos y los hoteles de cinco estrellas. Para Pilar Díaz Cañabete "el mus es el nirvana, es la absorción en el seno de la divinidad".
Es un juego de origen incierto, pero despierta encendidas pasiones. Son ya cuatro los millones de españoles que lo juegan. Es algo así como "el bridge de las tabernas". Un juego tan incomprensible como el sánscrito, a menos que se conozcan las reglas, las señas, el código secreto. me he pasado unas semanas deliciosas escribiendo un libro sobre el mus que se titula La ley de mus
Nuestro mus es como somos nosotros mismos, nos refleja sin margen de error. A la persona, me dicen, se la conoce por dentro y por fuera en el juego del mus. Es un juego épico y epicúreo, un producto del folklore comparable a las baladas, a las leyendas o al baile. Mejora nuestra calidad de vida, empeora el carácter (si pierdes), contribuye a desarrollar la imaginación y la gramática parda. El musista es como el diplomático, está autorizado a traicionarlo todo, salvo las emociones. Es un juego inocente que puede llegar a ser diabólico. Los cuerpos son honrrados, pero las cartas son casquivanas, antojadizas. Por aquí se dice: "Las cartas son como las mujeres. Se van con quién quieren...". Si el derrotado es un señor dirá que las cartas son las que han mandado, si es un chuleta te entregará una tarjet de visita con la leyenda: "Se imparten clases de mus". El mus vasco es lacónico, el madrileño ruidoso. Costó acostumbrarse a él: la boca no hace juego.
El mus de nuestra taberna es de velocidad de crucero. Todos nos conocemos a estas alturas, nuestros puntos flacos, nuestros escozones. Veo en el estilo de los más viejos un mus de astucia y retranca. Dicen por hita que "la liebre a la carrera y la mujer a la espera". El mismo sistema se aplica en el juego del mus, que premia a los prudentes. Los viejos juegan tanto a tanto. Los más jóvenes han roto esas reglas y son posmodernos, desconcertantes. Uno de ellos me quiso un órdago a los pares con dos ases y me ganó porque era mano. Fue una humillación en toda regla, porque este juego esconde una entraña demoníaca: quieres ganar a toda costa.
El escenario en la taberna, la liturgia repetida, contribuyen a la mineralización de la vida en el pueblo. Esto es lo que hay, un día tras otro. Sólo cambian las cartas. Los lamentos son los mismos: nos tenemos que ir a llorar a los Paúles. Otra vez. El novelista Stendhal aseguraba que "vivir en un pueblo quiere decir ver y sentir la realidad viva, utilizar directamente los ojos y las orejas, llevar una vida mucho menos convencional". Josep Pla está de acuerdo con el autos de La cartuja de Parma, pero le hace decir al protagonista de La calle estrecha: "La vida de pueblo me da un poco de miedo. Siento el peligro del náufrago a cada momento del naufragio, de sentirme un hombre satisfecho, saturado, catalogado definitivamente". Este temor se combate a golpe de mus.
Es una forma de terapia de grupo, de otro estilo que llevan a cabo los españoles que, cada vez en mayor número y mayor desparpajo, se confiesan ante el televisor. El ruedo ibérico se cubre de confesiones y sollozos. Los presentadores de este tipo de programas de confesiones íntimas hurgan en el alma humana. Estuvimos mucho tiempo callados. Hoy viejas disputas conyugales, o de cualquier tipo, se ventilan con la televisión. La absolución la dan las cámaras. los españoles han dejado de ser materia reservada. lo importante es llorar en directo. Escribió un poeta nuestro: "Me enseñaron a rezar, enseñáronme a sentir y me enseñaron a amar, y como amar es sufrir, también aprendí a llorar". En cambio el arte del mus es saber callar, ocultar.
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