Los pastores son
Han sustituido el caramillo por el transistor. Queda poco de las églogas de la novela pastoril de La Galatea de Cervantes, no digamos ya de Virgilio y Ovidio. Es un oficio en vías de extinción desde hace muchos años.
Pero el desempleo y el precio del cordero salvan la vida al pastoreo. Para Fray Luis el oficio pastoril " es la mejor escuela de gobierno". Los pastores por lo general son personas calladas, observadoras, despabiladas, a la definitiva. Enrique aprendió el oficio al lado de su padre que deslomaba una liebre a tiro de cayado, conocía los caprichos del tiempo, las estrellas (el lucero de la tarde y san Agustín son los amigos de los zagales), las constumbres de los animales y las manías y querencias del rebaño. Ponía lazos a las raposas, escudriñaba vivares, recogía plantas medicinales, vendía lana a las mozas casaderas, probaba aguas milagrosas. Algo de eso también hace Enrique, que desprecia a la ciudad casi tanto como Fray Luis. Puede que éste sea un mundo duro, un oficio para titanes, sin vacaciones, sin descansos frente a la soledad de las horas. "Por ahí por la vida sólo aparecen cabrones", asegura Enrique, que se levanta a las seis para recoger el rebaño en la majada.
Fernando dejó la universidad, para dedicarse al oficio de pastor de la Campiña, aquí al lado, "Soy un mal pastor -reconoce-, para ser bueno hay que haberlo mamado". Por la noche deja en un alto al ganado, que está formado de animales cruzados de oveja castellana y carnero manchego, en un corral o en el aprisco. Durante el invierno lo encierra en una nave. "La oveja tiene que oler, ver y oír cuando es de noche y está sola, porque de lo contrario se asusta, los hay que dejan la radio encendida por la noche junto al aprisco para que el rebaño se sienta seguro." Enrique opina que la obeja come y anda más por la noche, carea mejor. Carear es dirigir el ganado, pace, comer andando por el rastrojo. La oveja se viene abajo con el calor, refrigera mal. El ciclo se cierra sobre el ganado con la reducción de pastizales y cañadas, los incendios forestales, la roturación de los montes, el paso triunfal del tractor. En la vieja pelea, Caín y Abel, entre ganaderos y agricultores, que aparece hasta en las películas del Oeste, ha ganado el labrador. Los jóvenes desdeñan el pastoreo. Estos últimos tiempos hemos visto aparecer cabreros marroqíes. "Las ovejas pretenden ir por donde les da la gana", comenta fernando. Son animales dóciles, sumisos (El silencio de los corderos), pero hay que mantenerlos a raya. "Que hoy quieren ir hacia ese cerro porque hay bellotas, pues las llevo hacia la laguna para que no se acostumbren." Silvidos, cantazos, el pastor gobierna su rebaño con la ayuda de Galito, pendiente con las orejas alzadas a las órdenes de su amo. "No es tan fácil dar con un buen perro -advierte fernando- . En este oficio hay que poder a la naturaleza, si no, te puede ella a ti. Los sentimientos -nos dice- están reñidos con el campo. El perro que no aprende, a pan y palo, y si encima es violento tiene los días contados. El mejor perro -añade- es el repezuñado con dos uñas en el último dedo".
Hace años tenía por constumbre acudir en tierras de Vizcaya, de Navarra, de Álava, a los concurso de perros pastor en escenarios naturales. El dueño o cuidador del perro, sin moverse de un sitio determinado daba órdenes al can por medio de voces o silbidos. El pero debía conducir un hato de ovejas, hacerlas salvar una corriente, zanja o seto y cerrarlas en un cercado o redil en el mejor tiempo posible, y evitando que se dispersen. En estas interesantes competiciones no cuenta la pureza de la raza, sino la diligencia y habilidad del perro. Estuve por última vez en el santuario de la Virgen de Angosto en uno de esos concursos. A la hora del amaiketado (bocadillo del mediodía) los espectadores se desparramaban por los encinares con sus botas de vino, sus cestillos de mimbre, sus panes redondeos. Se veían boinas de ala ancha, gorros de papel, pañuelos con cuatro nudos, sombreros de paja. El calor era sofocante. "muy malo para los perros y peor para el rebaño", sentenció el organizador don José María, párroco de Oñate. Las ovejas, nerviosas, alteradas por el ruido de los cohetes, trataban de tirar al monte, hacia la sombra de los pinos. Por fin se hizo el silencia en la campa. Don José María daba las instrucciones al pastor por el micrófono: "Que salga!". "Que pare!". El silvido del pastor cortó en Vicente Hernándezseco la carrera del perro. Chavala ha sido campeona del mundo de la especialidad. Cuando le pidió que se echara, el pastor Javier oqueranza movía en el aire el cayado de palo de avellano, silbaba, gritaba. la perra inclinaba las dos patas de lanteras y se arrodillaba.
-Que haga pasar el rebaño bajo el seto- pedía el presidente del jurado.
Chavala reodeaba el rebaño, lo paraba, lo templaba, lo mandaba y lo hacía pasar por el seto en medio de la tolvanera. Ni una oveja, a pesar de estar omodorradas por el calor, había escapado a la atención del perro. Quedaba la prueba más ardua, conducir el rebaño hasta el redil y hacerlo entrar. Son veinticinco puntos. Chavala cumplió en pocos minutos lo que su amo le dictaba con la vara, la voz y los silbidos. Aplaudimos entusiasmados.
Los pastores con los que alterno en las tabernas de la región pronuncian pocas palabras, filósofos, introvertidos, reservados, más bien te atraviesan con la mirada y sientes esa incomodidad de sentirte juzgado por personas más profundas o calladas que tú. A mí me ocurre lo contrario, después de largos periodos solitarios y contemplativos me da por habla y hablar. Mis amigos lo saben. De pronto la partida se interrumpe por que me ha llegado la inspiración. La memoria hace clic por quén sabe qué razones y ahí llega Manu con sus batallitas e inesperados recuerdos.
Cuando pregunté al campeón del mundo de perros pastorqué es lo que más temía, me contestó que las tormentas, porque la oveja atrae la electricidad. Todos tienen sus historias de angustias en medio de fogonazos, los chispazos de la tormenta alejados de los peligrosos árboles y hasta tumbados en la tierra como en un bombardeo o refugiados muy al fondo de la caverna de platón. Los hombres tienen perro pastor de Vicente Hernándezcuatro veces más posibilidades de que les caiga un rayo que las mujeres. Quizá es que las mujeres son más listas y saben cobijarse en un refugio seguro.
Los oficios que rodean al pastoreo, los hateros, cardadores, esquiladores, chalaneros, han desaparecido poco a poco. Ahora lo que se lleva es la esplotación industrial en naves. Queda algún templador de cencerros. Pedrito Aguilar conoce a uno de Humanes, Dedo Cortao. El cencerro debe tener un sonido más agudo en primavera y más grave en invierno. Dedo Cortao es sincero: "No estoy a la altura de mi padre, que con un clavo y una herradura conseguía sonidos mágicos". Si el sonido es más alegre el rebaño marcha más deprisa, si es opaco se retrasa. El cencerro serena a los animales, les hace sentirse protegidos, se orientan mejor. Jesús Casas que así se llama Dedo Cortao, compra el caperuzo de cobre, lo templa a golpe de navaja, coloca el badajo de encina que le dará la nota deseada. El cobre y la correa le cuestan dos mil pesetas. Venderá el cencerro por cinco mil. "Para pagar las copas", afirma resignado.
Mi gran invento gastronómico es la "sopa ilustrada". Hasta ahí he llegado. Se calienta la taza de agua en el microondas, con media pastilla de caldo de gallina y un trozo de chorizo. Después se vierte el sobre de sopa instantánea, se añade media cucharada de bovril y un toque de jerez. Es mi especialidad en los fríos inviernos de la alcarria. Periodos de sobriedad alternados con días de gloria: hoy ha tocado una tarrina de foie-gras entier de San Juan al Pie del puerto con una botella de champán Bollinger a seis grados y bebida en copa de flauta. El don de la ebriedad, el don de la pereza.
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