Lupiana y los monjes Jerónimos
A una docena de kilómetros al Este de Guadalajara y asentado en el fondo de un pequeño valle, se encuentra el pueblo de Lupiana. Del caserío sobresale la iglesia parroquial dedicada a San Pedro con portada plateresca y el centro del pueblo lo constituye la plaza Mayor, no faltando su rollo jurisdiccional frente el ayuntamiento.
De allí parten estrechas callejas con curiosas casonas alcarreñas. Una de ellas sirve de tahona, donde confeccionan un riquísimo pan y también pastas y dulces.
En lo alto del cerro que domina el valle donde se asienta Lupiana, existe una hermosa finca con los restos de un gran monasterio, que hasta el segundo tercio del siglo XIX fue habitado por monjes. Durante cerca de 500 años, estos monjes dedicaron aquí sus vidas a la penitencia y a la oración, creando con la protección de reyes y nobles de Castilla y bajo la advocación de San Bartolomé, un fastuoso monasterio alhajado con numerosas obras de arte. Este monasterio de San Bartolomé fue la casa matriz de la Orden de San Jerónimo.
¿Y quienes eran los monjes jerónimos? Para conocer su historia, debemos remontarnos al siglo XIII, cuando en Castilla reinaba Fernando III el Santo. Un hijo suyo, el infante don Enrique, trajo de Italia a un caballero de Siena llamado don Alonso Pacheco y le hizo su secretario y amigo. Dos nietos de este caballero, Pedro y Alonso Fernández Pecha, camarero del rey don Pedro I el uno y obispo de Jaen el otro, quisieron seguir el ejemplo de su maestro Fernando Yáñez de Figueroa, que había dejado su canongía toledana por seguir una vida eremítica. Este grupo inicial, junto con otros ermitaños italianos, se retiraron a un lugar próximo a Lupiana donde un tío de los Pecha, don Diego Martínez de la Cámara, había construido una modesta capilla en honor de San Bartolomé, capilla y advocación que desde aquel momento fueron solar y nombre de aquel incipiente monasterio.
Deseando regularizar su estado, solicitaron de Roma la erección de una nueva Orden religiosa y el papa GregorioXI les autorizó a llevar una vida en común según la regla de San Agustín y bajo el nombre de frailes de San Jerónimo, para así cumplir sus deseos de imitar al santo cenobita de Belén. También determinó el papa la forma y el color del hábito: todo de lana, la túnica blanca y cerrada hasta los pies. El escapulario pardo y el manto de lo mismo para salir en público con honestidad. En toda la ropa ningún color o pintura, sólo lo que dio la naturaleza, para que en la sencillez del hábito exterior se muestre la pureza del alma, limpia de la mala tinta del pecado. Lo blanco entre los colores participa de más luz, destello de la divinidad. El pardo remeda el color de la tierra y representa el trabajo y el sudor con que se han de cultivar las virtudes y desterrar los vicios y así alcanzar el premio celestial.
Al monasterio de Lupiana, siguieron pronto otras casas de la Orden. Ntra. Sra. de la Sysla en Toledo, Guisando en Avila, Ntra. Sra. de Guadalupe en Extremadura en cuya sacristía se conservan los maravillosos retratos de esclarecidos jerónimos, obra de Zurbarán. Las vocaciones aumentan y los jerónimos se extienden por toda la península ibérica: San Isidoro del Campo en Sevilla, Ntra. Sra. del Parral en Segovia, San Jerónimo el Real en Madrid, en Granada, en Zaragoza, en Lisboa y finalmente el monasterio de El Escorial, entregado para su custodia a los hijos de San Jerónimo por el rey Prudente. Hasta 56 fundaciones llegó a tener la Orden.Otro monasterio jerónimo había sido elegido por el emperador Carlos para su retiro, el de Yuste. Se dice que el emperador apreciaba la inteligencia de los jerónimos, con quien mantener interesantes conversaciones en las veladas extremeñas.
Como consecuencia de esta expansión, amparada por la decidida protección de reyes y nobles, prosperó la casa matriz de San Bartolomé de Lupiana, principalmente por la ayuda recibida del arzobispo de Toledo don Alonso Carrillo y sobre todo, por la decidida protección de doña Aldonza de Mendoza, duquesa de Arjona, que mandó ser enterrada en la iglesia de San Bartolomé, en un hermoso mausoleo de alabastro que hoy se puede ver en el Museo Provincial de Guadalajara. En el siglo XVI, bien por hundimiento del viejo monasterio o porque se le creyera demasiado humilde para ser la casa principal de la Orden, se decidió construir uno nuevo, encargándose los planos a Juan de Herrera, si bien el de la iglesia es obra de Juan de Mora, hermoso templo cuya techumbre fue decorada por artistas italianos. La sala capitular es del siglo XVII, testigo mudo de tantos consistorios allí celebrados con asistencia de los priores de todos los monasterio jerónimos, para la elección del general de la Orden. Pero lo más interesante del monasterio es el claustro atribuido a Alonso de Covarrubias, joya del plateresco alcarreño realizado en 1535. El patio se compone de cuatro grandes galerías tanto en el piso bajo como en el alto y una más en el tercer piso en su lado Norte. Los capiteles se adornan con cabezas zoomórficas, ángeles y carátulas. En las enjutas hay medallones como es típico del estilo plateresco y las balaustradas son de tracería gótica.
Este y todos los demás monasterios de España, tuvieron que ser abandonados en 1835, cuando se dictó la ley de disolución de las Ordenes religiosas, por la que los monjes debían exclaustrarse, dejando sus bienes en poder del Estado. Con respecto a las Ordenes contemplativas: benedictinos, cisterciense, trapenses, premostratenses, solamente la de San Jerónimo es de origen español y española por antonomasia, ya que únicamente se desarrolló en la península ibérica. Esta es su gloria y también su ruina, pues así como los monjes de otras Ordenes abandonan España para ser acogidos por sus hermanos en el extranjero, los jerónimos faltos de monasterios que les acojan, no tienen otra salida que incardinarse como sacerdotes en distintas diócesis, o volver al seno de sus familias y la Orden queda en peligro de extinción.
En el año 1925 iban a cumplirse los cien años de la expulsión y faltaba poco para que según derecho, prescribiera la Orden sin que fuera posible después la restauración. Dios señala el camino y en él al caminante en la persona de Manuel Sanz Domínguez, antiguo director de un banco madrileño. Este hombre siente la llamada y toma sobre sí la ardua tarea de restaurar la Orden de San Jerónimo. El antiguo banquero es ahora fray Manuel de la Sagrada Familia y consigue atraer a un grupo de aspirantes al monacato. Santa María del Parral en Segovia abre de nuevo sus puertas a los jerónimos y se impone el hábito a los nuevos monjes. Pero todo ello parece hundirse con la guerra Civil de 1936.En este año, una fría mañana de noviembre, fray Manuel es sacado de la cárcel Modelo y con otros muchos religiosos es fusilado en Paracuellos del Jarama. Es uno más de los 8.350 allí caídos.
Terminada la contienda hay un resurgir de vocaciones jerónimas y los caballeros encerrados como han sido llamados, van repoblando antiguos monasterios jerónimos, no sólo el Parral, sino también San Isidoro de Sevilla, San Jerónimo de Granada y el de Yuste, este último cedido generosamente por los marqueses de Mirabel con buena parte de su finca. Mas hoy los tiempos son otros y no abunda la entrega personal al servicio de Dios. La Orden jerónima pasa por una grave crisis por falta de vocaciones y solamente se mantienen los monasterios de Segovia y de Yuste.
El monasterio de San Bartolomé de Lupiana fue adquirido al Estado por el marqués de Barzanallana y hoy pertenece a sus herederos. La techumbre de la iglesia se hundió con sus pinturas en 1929 y ahora las paredes del templo forman parte del jardín de la finca. Al ser Monumento Nacional desde 1931, los propietarios que han hecho mucho para su mantenimiento, también han recibido ayudas y subenciones para restauraciones, como las que se han hecho recientemente, incluyéndose una moderna cocina para servir comidas y banquetes en el claustro plateresco y así allegar fondos para los costosos gastos de mantenimiento.
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Quiera Dios que la Orden de san Jerónimo, hoy día reducida a su mínima expresión, vuelva a florecer, y que este ilustre monasterio también recupere monjes semejantes en letras, música y santidad a sus numerosos predecesores.