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Utande

utande_1Sobre un oterillo que se alza en el centro del valle del Badiel, en su confluencia con el arroyo Valdeiregua que viene desde Villanueva de argecilla, asienta el caserío de Utande, hoy ya en franco retroceso socioeconómico, como toda la comarca. Destaca el verdor del valle, cuajado de alamedas y huertos, contras la aridez de sus laderas, descarnadas y erosionadas por la lluvia de tormentas, y aún con la plana meseta alcarreña donde el cereal surge pálido.

Perteneció, tras ser reconquistada la zona a los árabes en el fin del siglo XI, al Común de Villa y Tierra de Hita, siendo al comienzo de propiedad realenga, pero pasando luego a diversos señoríos. En el siglo XIV perteneció al ilustre caballero alcarreño don Iñigo López de Orozco, de quien lo heredó en 1375 su hija doña Juan Meléndez, y por cesiones pasó, en 1380, a don Pedro González de Mendoza, quien en ese año lo incluía en el mayorazgo creado para su hijo don Diego Hurtado de Mendoza, futuro almirante de Castilla, permaneciendo ya en la casa de Mendoza, en su rama principal de los duques del Infantado, hasta la abolición de los señoríos en 1812. Utande fue una de las villas de este señorío de Hita.

PATRIMONIO
De su breve caserío, destaca la iglesia parroquial, antiguo elemento de arquitectura románica progresivamente bastardeado. De su primitiva fábrica medieval solamente conserva el ábside, de planta semicircular, con alero de modillones y muro de sillarejo con pequeñas ventanas aspilleradas. El resto del templo es posterior ampliación, con puerta sencilla adovelada semicircular bajo atrio cubierto.

FIESTAS
Es destacable en Utande el aspecto folklórico, que conserva en la fiesta de su patrón San Acacio, unas danzas de paloteo muy curiosas. Se celebra el día 22 de junio, por las calles del pueblo. Son fiestas y danzas montadas tras la reconquista de la zona, en los siglos XII o XIII, y quizás quieren conmemorar alguna victoria contra la morisma, aunque en su más remoto origen late un indudable ancestralismo ibérico en el que quizás podemos ver ritos preparatorios de lucha, propiciatorios del crecimiento agrícola, y exponentes del maniqueísmo primitivo.

El grupo de danzantes se compone de ocho hombres, que visten camiseta y faldas blancas, muy almidonadas, con medias y calzado todo en blanco. Se colocan un pañuelo al cinto, a modo de mandil, y éste es de vivos colores. Llevan también cintas multicolores cayendo por su espalda, y el pecho lo cruzan, de izquierda a derecha, con una banda de seda bordada. Se trata de un conjunto inspirado en viejos textos bíblicos, de origen judaico. Para realizar la danza de los peludillos se bastan estos ocho hombres, dirigidos por el botarga, que viste de negro y cubre su cara con máscara demoníaca y lleva en su mano una espada roja de sangre. El gaitero (hoy tañedor de laúd) acompaña el baile con su música.

Después de las danzas, de paloteo y algunas veces con castañuelas, de carácter ambulante por las calles del pueblo, se hace honor a San Acacio martir delante de la puerta de la iglesia parroquial, y en esta participan cuatro danzantes, un Angel Niño (también vestido de blanco pero con espada de plata y su cabeza cubierta de flores doradas), un Demonio (que suele ser el botarga), un gracioso y el músico. Representan una especie de breve auto sacramental popular, en el que se refiere también la vida y el martirio de San Acacio, y se discute en torno al Bien y el Mal, haciendo los danzantes la función de coro de fondo. Una fiesta interesante y muy colorista.

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